Para nadie es un secreto que, en la cultura actual, la ansiedad suele ser vista como un enemigo que debe eliminarse cuanto antes. Muchas personas piensan que, al sentirla, algo está mal en ellas o que existe un problema urgente que debe ser corregido. De hecho, en los últimos años, este se ha convertido en el motivo de consulta más frecuente en mi práctica clínica.
Para nadie es un secreto que, en la cultura actual, la ansiedad suele ser vista como un enemigo que debe eliminarse cuanto antes. Muchas personas piensan que, al sentirla, algo está mal en ellas o que existe un problema urgente que debe ser corregido. De hecho, en los últimos años, este se ha convertido en el motivo de consulta más frecuente en mi práctica clínica.
La investigación en terapias de tercera generación ha señalado que gran parte del sufrimiento psicológico se relaciona con lo que Hayes, Strosahl y Wilson (2012) denominan evitación experiencial, definida como “la falta de disposición a permanecer en contacto con ciertas experiencias internas y los intentos persistentes por evitarlas o modificarlas”.
Y es que el ritmo de vida, las responsabilidades, las exigencias externas, la premura por alcanzar metas y lograr objetivos, así como la competencia por destacar en diferentes ámbitos de la vida —ser el mejor en el trabajo, la mejor madre, la mejor pareja, el mejor hijo o amigo— han contribuido a que muchas personas desarrollen niveles elevados de autoexigencia. A esto se suma la hiperconectividad y la constante comparación a la que nos exponemos a través de las redes sociales.
Sin embargo, desde la psicoterapia contemporánea, cada vez se reconoce con mas claridad que las emociones difíciles de transitar y habitar también pueden cumplir una función importante en nuestra vida psicológica y en nuestro mundo emocional. Tal como nos plantea Susan David (2016), “las emociones difíciles no son señales de debilidad ni de fracaso; son fuentes de información que pueden orientarnos hacia lo que realmente nos importa”. Y es junto allí donde el autoconocimiento toma protagonismo en nuestras vidas.
La ansiedad puede ser comprendida como una señal que invita a revisar necesidades, valores y formas de relacionarnos con nuestra experiencia, dialogo interno y quehacer diario. Entender y comprender para qué sirve la ansiedad se hace imprescindible dentro del proceso de cambio, pues “El esfuerzo constante por controlar o eliminar pensamientos y emociones desagradables suele producir el efecto contrario: terminan intensificándose y ocupando más espacio en la vida de la persona” (Harris, 2019), lo que conlleva a sentir más y más desesperación y frustración, entrando en una especie de espiral infinito en el que se piensa no hay salida alguna. En muchos casos, el sufrimiento no proviene solo de la ansiedad en sí misma, sino de la lucha constante por evitarla o silenciarla.
Por ello, resulta importante comprender que la ansiedad que cumple una función adaptativa: prepara al organismo para responder ante posibles amenazas, ya sean externas o internas (a nivel de pensamiento). El problema aparece cuando esta respuesta se vuelve crónica o desproporcionada y comienza a interferir con la vida cotidiana y con la forma en que la persona se relaciona con su entorno. En este sentido no se trata de eliminar la ansiedad, sino de aprender a relacionarnos de forma diferente con ella.
Comprender la ansiedad como una señal —más que como un problema que debe erradicarse— permite abrir espacios de mayor autoconocimiento. En lugar de quedar atrapados en el intento permanente de controlar la experiencia interna, se puede aprender, mediante técnicas de aceptación, mindfulness y autorregulación, a escuchar lo que comunica la sintomatología y responder de manera más consciente. Este cambio de perspectiva no implica resignarse al malestar, sino desarrollar una relación más flexible y compasiva con la propia experiencia.
La autocompasión también ha mostrado ser un recurso importante en la regulación de la ansiedad. Según Neff (2011), esta actitud consiste en “tratarnos con la misma amabilidad y comprensión que ofreceríamos a un buen amigo cuando está sufriendo”, esto ofrece un giro cognitivo que permite relacionarse de una manera distinta contigo mismo y con lo que sientes, por ello debemos recordar que la ansiedad no solo refleja la presencia de una emoción intensa, sino también la dificultad para comprender lo que está ocurriendo internamente y es allí cuando el desarrollo del autoconocimiento permite identificar pensamientos, emociones y sensaciones corporales, favoreciendo una relación más consciente con la propia experiencia. Es decir, no implica analizarse de manera crítica o severa, sino más bien desarrollar una mirada amable hacia la propia experiencia. En este sentido, la autocompasión permite reconocer las dificultades personales sin caer en la autocrítica excesiva.
Desde la terapia cognitivo conductual, el autoconocimiento implica aprender a observar pensamientos automáticos o intrusivos, las interpretaciones catastróficas y las creencias que pueden activar o intensificar la ansiedad. Con frecuencia, esta emoción no surge únicamente por lo que ocurre, sino por la interpretación que hacemos de lo que ocurre.
Así mismo, el autoconocimiento incluye la capacidad de reconocer las señales que envia el cuerpo. La ansiedad suele manifestarse a través de sensaciones como tensión muscular, dolor en el pecho, adormecimiento de la cara, agitación o dificultad para respirar profundamente. Aprender a observar estas señales con atención plena puede convertirse en un primer paso para regular la respuesta emocional.
En un contexto cultural que muchas veces promueve la evitación del malestar e impulsa a la búsqueda constante de control, aprender a relacionarnos de una manera distinta con nuestras emociones se vuelve un desafío y, al mismo tiempo, una oportunidad. La ansiedad, lejos de ser únicamente un problema que debe eliminarse, puede convertirse en una puerta de entrada al autoconocimiento. Cuando las personas comienzan a escuchar lo que sus emociones intentan comunicar, pueden desarrollar una relación más consciente con sus pensamientos, su cuerpo, sus necesidades e incluso mejorar la manera en la que se relacionan con su entorno. En este proceso, la ansiedad deja de ser solo una fuente de sufrimiento para transformarse también en una invitación a comprenderse con mayor profundidad y a construir una vida más coherente con aquello que realmente importa.
Escrito por Psic. Maria Gracia Coldeira




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