La Pareja: La Universidad de la Vida. Una mirada desde las Constelaciones Familiares
Desde la mirada de las constelaciones familiares, podemos decir que la pareja, es la carrera más grande en la universidad de la vida . No necesariamente porque sea un espacio donde todo resulte sencillo, ni porque la relación de pareja venga a garantizarnos felicidad permanente. Más bien al contrario: la pareja puede convertirse en uno de los escenarios donde más aprendemos sobre nosotros mismos.
Es en la relación íntima donde muchas veces aparecen nuestros espejos, nuestras proyecciones, nuestras heridas y también aquellos aspectos de nosotros mismos que todavía no hemos aprendido a mirar. Por eso, cuando hablamos de la pareja como una universidad, hablamos de un lugar donde la vida nos presenta, una y otra vez, distintas asignaturas. Algunas nos resultan fáciles; otras nos confrontan profundamente. Algunas las aprobamos rápidamente y otras necesitamos repetirlas hasta comprender aquello que vienen a enseñarnos.
Y, sobre todo, la pareja nos invita a crecer.
La pareja como espejo
Cuando comenzamos una relación, no llegamos a ella completamente “en blanco”. Cada persona trae consigo una historia. Traemos nuestra infancia, nuestras experiencias, nuestros aprendizajes, nuestras creencias sobre el amor y nuestros modelos familiares. Traemos aquello que recibimos de nuestros padres y también aquello que quizá echamos de menos. Traemos las formas que aprendimos para vincularnos, para pedir, para dar, para protegernos y para sentirnos queridos.
Por eso, desde la perspectiva de las constelaciones familiares, la pareja puede convertirse en un poderoso espejo. Aquello que nos molesta profundamente del otro puede mostrarnos algo de nosotros mismos. Aquello que admiramos puede conectarnos con una parte propia que quizá todavía no reconocemos. Y aquello que nos genera dolor puede poner delante de nosotros una historia que necesita ser mirada.
Esto no significa que todo lo que ocurre dentro de una pareja sea responsabilidad nuestra, ni que debamos justificar cualquier comportamiento del otro. Significa que la relación puede ofrecernos una oportunidad para preguntarnos:
· ¿Qué está despertando esto en mí?
· ¿Por qué esta situación me afecta de esta manera?
· ¿Qué historia personal se está activando?
La pareja, de esta forma, deja de ser únicamente el lugar donde buscamos al otro y se convierte también en un lugar donde podemos encontrarnos con nosotros mismos.
Llegamos a la pareja con nuestra familia a cuestas
Uno de los aspectos que se observan desde las constelaciones familiares es que las relaciones actuales pueden estar influenciadas por las experiencias y los modelos que hemos vivido dentro de nuestra familia de origen. Aprendemos qué es el amor observando. Aprendemos cómo se relacionan las personas, cómo se expresan los afectos, cómo se resuelven —o no se resuelven— los conflictos y qué lugar ocupa cada miembro dentro de una familia.
A veces incluso reproducimos dinámicas que conscientemente no queremos repetir. Podemos decir: “Yo nunca voy a hacer lo que hicieron mis padres”, y, sin darnos cuenta, terminar reproduciendo alguna forma de relacionarnos que aprendimos precisamente allí. Porque una parte de nuestros aprendizajes no se encuentra solamente en aquello que nos dijeron, sino también en aquello que vimos, sentimos y experimentamos.
Por eso, cuando entramos en una relación de pareja, no solamente se encuentran dos adultos. También pueden encontrarse, simbólicamente, dos historias familiares, dos sistemas de creencias, dos maneras de entender el amor y dos mundos emocionales. Y ahí comienza una de las grandes enseñanzas de esta universidad.
El niño que llevamos dentro
En la pareja también pueden aparecer aspectos de nuestro niño interior. Ese niño que necesitaba sentirse visto, reconocido, protegido o querido puede aparecer en determinadas situaciones dentro de la relación. Tal vez una pequeña distancia del otro nos haga sentir abandonados. Tal vez una crítica active una sensación de no ser suficientes. Tal vez la falta de atención despierte una necesidad muy antigua de ser reconocidos.
En esos momentos podemos creer que estamos reaccionando únicamente a lo que está ocurriendo en el presente, cuando quizá también estamos reaccionando a experiencias que vienen de mucho más atrás. La pareja puede sacar a la superficie aquello que permanecía escondido. Y aunque esto pueda resultar incómodo, también puede ser una enorme oportunidad. Porque aquello que se hace visible puede ser mirado. Y aquello que puede ser mirado tiene la posibilidad de ser comprendido y transformado.
El equilibrio entre dar y recibir
Dentro de los principios que se trabajan en las constelaciones familiares aparece también la importancia del equilibrio entre el dar y el recibir. En una relación de pareja, la reciprocidad es fundamental.
No significa que ambos tengan que dar exactamente lo mismo, al mismo tiempo y de la misma manera. La vida en pareja tiene etapas. Hay momentos en los que uno necesita más apoyo, mientras el otro puede sostener. Hay enfermedades, dificultades económicas, cambios profesionales, embarazos, pérdidas o situaciones familiares en las que inevitablemente uno puede dar más que el otro. La cuestión no está en llevar una contabilidad del amor. Está en que, con el tiempo, el equilibrio pueda volver a restablecerse.
Cuando una persona da constantemente y la otra recibe de manera permanente, la relación puede comenzar a desequilibrarse. Y cuando alguien siente que está entregándolo todo, mientras el otro no puede o no quiere corresponder, pueden aparecer frustración, resentimiento, cansancio o distancia. Desde esta mirada se suele expresar una idea muy concreta: “quien da más, pierde”.
No se trata de una regla matemática ni de afirmar que amar mucho sea un error. Se refiere a que un exceso sostenido de entrega puede terminar generando un desequilibrio en el vínculo. Y existe además otra cuestión importante: a veces damos tanto que el otro ya no sabe cómo devolverlo.
Cuando alguien recibe constantemente más de lo que puede devolver, puede sentirse en deuda. Y una relación basada en la deuda termina perdiendo espontaneidad. Por eso, amar también significa permitir que el otro dé. Permitir que participe, que aporte, que cuide, que sostenga y que tenga un lugar activo dentro de la relación.
Las asignaturas de la universidad de la vida
Si pensamos en la pareja como una universidad, podemos imaginar que cada etapa trae consigo una nueva asignatura.
· Está la asignatura de la comunicación.
· La de aprender a poner límites.
· La de aprender a escuchar.
· La de aceptar que el otro no es exactamente como nosotros imaginábamos.
· La de aprender a gestionar los conflictos.
· La de confiar.
· La de pedir.
· La de recibir.
· La de saber cuándo acompañar y cuándo permitir que el otro haga su propio proceso.
· Y también está una de las asignaturas más difíciles: aprender a amar al otro sin dejar de ser uno mismo.
Porque una pareja no debería significar la desaparición de la individualidad. El encuentro entre dos personas puede ser precisamente la posibilidad de construir un “nosotros” sin dejar de respetar el “yo” y el “tú”. Como en cualquier universidad, no todas las materias se aprueban a la primera.
A veces repetimos curso.
A veces volvemos a encontrarnos con el mismo conflicto con una pareja diferente.
A veces creemos que hemos aprendido una lección y la vida nos presenta una nueva situación para comprobar si realmente la hemos integrado.
Y también hay momentos en los que comprendemos que una relación ha terminado.
Graduarse no siempre significa permanecer juntos para siempre. A veces una relación cumple una función importante en nuestra vida, nos permite aprender, crecer, reconocer aspectos de nosotros mismos y continuar nuestro camino.
Graduarnos en el amor
Quizá la gran enseñanza de esta universidad sea comprender que el amor de pareja no consiste en encontrar a una persona perfecta que nunca nos confronte. Consiste en aprender a relacionarnos desde un lugar cada vez más consciente.
En la universidad de la vida podemos suspender alguna asignatura. Podemos equivocarnos. Podemos comenzar de nuevo. Podemos cambiar de carrera. Podemos repetir un curso. Y, sobre todo, podemos seguir aprendiendo. Porque cada conflicto puede convertirse en una pregunta. Cada desencuentro puede mostrarnos algo. Cada dificultad puede invitarnos a mirar una parte de nosotros que todavía necesita atención.
La pareja nos pone delante un espejo. A veces ese espejo nos devuelve una imagen que nos gusta y otras veces nos muestra aquello que preferiríamos no ver. Pero quizá ahí esté precisamente su mayor valor. La pareja puede ser una de las experiencias que más nos ayudan a conocernos, a crecer y a comprender nuestra propia historia. Y entonces entendemos por qué podemos llamarla la universidad de la vida.
Porque vamos pasando semestre a semestre. Aprendiendo, Cayendo, Levantándonos. Aprobando algunas materias y repitiendo otras. Hasta que, poco a poco, podemos llegar a esa graduación que no consiste en haber construido una relación perfecta, sino en haber aprendido a amar desde un lugar más consciente, más libre y más equilibrado. Y quizá, al final de ese recorrido, descubramos que el verdadero título no es haber encontrado a alguien que se quede para siempre. Es haber aprendido a amar y quedarnos, finalmente, con el amor que se queda.
Escrito por:
Karelis Puche
Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta – Consteladora Familiar


