En el ámbito de la salud mental, tradicionalmente se ha etiquetado a la adicción como una enfermedad crónica del cerebro. Sin embargo, desde una perspectiva psicológica más profunda, podemos entender el consumo de sustancias no como el problema central, sino como el síntoma visible de un malestar subyacente. La adicción no es una elección caprichosa, sino una respuesta adaptativa —aunque disfuncional— ante un dolor que no encuentra otra salida.
Cuando un individuo recurre compulsivamente a una sustancia, generalmente no busca la autodestrucción; busca, paradójicamente, una forma de autorregulación. El consumo aparece como una «solución» precaria para gestionar traumas no resueltos, vacíos existenciales, ansiedad paralizante o una desconexión profunda con su entorno. Es, en esencia, un intento de anestesiar un sufrimiento que la persona no se siente capaz de procesar de otra manera.
Abordar la adicción como un síntoma cambia radicalmente la dirección del tratamiento. Ya no nos limitamos a «eliminar la conducta» o buscar la abstinencia como único fin. El objetivo clínico se desplaza hacia una pregunta fundamental: ¿Qué está intentando resolver el paciente a través del consumo? Al validar la función que la sustancia cumple en su vida, reducimos el estigma y la culpa, abriendo un espacio de seguridad donde es posible explorar las heridas de la historia personal.
Sanar la adicción requiere, por tanto, mirar más allá de la dosis, el trago o la pastilla. Implica fortalecer el tejido emocional del sujeto para que el «remedio» que ofrece la sustancia deje de ser necesario. Solo cuando el paciente desarrolla herramientas para enfrentar su realidad, el síntoma pierde su razón de ser y la libertad recupera su lugar.
Ninoska Miranda B.
Psicóloga Experta en Adicciones




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